ABSTRACTO
Sobre soltar el control y permitir que la obra se revele.
Este blog comenzó como un primer pincelazo: sin boceto, sin imagen final, solo el deseo de empezar.
¿Cuántas cosas en la vida comienzan así?
Un gesto pequeño. Un impulso. Un trazo que no sabemos en qué se convertirá.
Quizá por eso Jackson Pollock decía que, cuando estaba “dentro” de su pintura, no era consciente de lo que hacía. Solo después entendía lo que había sucedido. No temía cambiar, destruir, rehacer, porque la pintura —según él— tenía vida propia.
No comenzaba con una imagen final cerrada. Permitía que la obra se revelara en el proceso.
Y, sin embargo, nosotros rara vez vivimos así.
Queremos que nuestra vida sea legible.
Que tenga forma clara. Que pueda explicarse. Que pueda entenderse.
Nos hacemos una idea de las personas y de las situaciones a partir de lo que percibimos, y damos eso por definitivo. Hacemos lo mismo con nosotros: trazamos un boceto de lo que creemos querer, casi como si la vida debiera seguir un plan perfectamente delineado.
Hasta que llegan los “de repente”.
Y el cuadro deja de verse como lo imaginábamos.
Aparecen líneas que no estaban previstas.
Colores que no elegimos conscientemente.
Curvas que transforman la composición inicial.
Y entonces nos preocupa.
¿Cómo podrían entender nuestra obra si no se ve como debería verse?
Si no encaja en las formas conocidas.
Si no responde a lo que el mundo suele llamar “correcto”.
La verdad es que queremos crear algo que tenga sentido para otros. Que sea comprensible. Que permanezca. Tal vez incluso que nos justifique.
Pero la vida se parece más a ese gesto que nace del impulso y que, solo después, entendemos. A algo que no siempre explica, pero que existe.
A Pollock lo definieron como expresionista abstracto. También como inestable, como alcohólico. Siempre necesitamos etiquetas, incluso para el caos. Nombrar es una forma de tranquilizarnos.
Yo misma he pasado meses preguntándome cuál es mi voz correcta para escribir. He querido ponerle nombre a lo que hago, encasillarlo en un estilo, hacerlo reconocible. Como si definirlo lo hiciera más válido.
Pero quizá no todo necesita una definición inmediata.
En el arte abstracto, el mensaje no siempre está completamente cerrado. La obra funciona como un espejo: lo que vemos en ella habla tanto de nosotros como de quien la creó.
Tal vez somos más abstractos de lo que nos atrevemos a admitir. Intentamos construir vidas “realistas” para ser comprendidos, mientras dentro hay una obra que solo necesita ser expresada, y que refleja tanto al que no logra definirla como al que, buscándose, se reconoce en ella.
En cada persona que no logramos entender, en cada vacío que no se logra llenar, en cada camino que parece no tener dirección, hay una obra que aún no termina de revelarse.
Nina ♡


